Un día de trapiche

Listo y decido a empezar un nuevo día, le pregunto a mi papa…¿Pa donde vamos hoy? Y el responde mirándome a los ojos y mostrando aquella sonrisa retorcida que solo aparecía cuando sabía que yo estaría encantando de oír la respuesta…hoy vamos a cortar caña, que en la tarde vamos a moler! Al salir de la casa afuera nos estaban esperando los pintos, enyugados y con la carreta vieja lista para ir al cañal.

DSC03095-1024x768

Y con el chuzo afilado empezamos el viaje al cañal, son sólo 20 minutos, pero como disfrutaba aquel momento en la carreta. El sonido de las piedras debajo de las ruedas, los cascos de los bueyes que uno tras otro golpeaban el camino y a aquel olor a día nuevo. La bruma poco a poco se empezó a arralar, a lo lejos ya casi se veía el techo rojo de la iglesia de San Ramón, mientras un yiguirro magistralmente entonaba una melodía rítmica, fina, inconfundible. Al llegar al cañal mi papa me da instrucciones de cual calle vamos a cortar. Ahí, donde está la piojota…dice mi papa. Esa caña es la mejor pa moler. Y dicho y echo, le entramos a la corta. Recuerdo que ese cañal era viejo, había monte y de vez en cuando veía algún nido o un conejo salía disparado. Al cabo de 3 horas de cortar miro a mi papa y me dice. Ya esta bueno así. Con esto nos alcanza para al menos 20 atados. Arrime los gueyes pa cargar la caña. Y nos tomó un par de horas más cargar la caña, llegar al trapiche y descargar la caña, ahí junto a la base del viejo trapiche.

Tenía rato de venir al trapiche. Recuerdo la última vez que vine fue tío Beno que estaba moliendo. Recuerdo bien porque ese día estaba en la Escuela y de pronto el humo empezó a salir de la chimenea del trapiche. Sin duda, habrán espumas más tarde pensé! Pero hoy es diferente porque me tocará estar aquí durante toda la molida. Pero antes, hay que almorzar. Son casi las 11 de la mañana y la verdad las tripas están sonando hace rato. Sobre una pila de bagazo fresco de la última molida, me siento y destapo mi almuerzo. No podía ser mejor: frijoles negros molidos, arroz blanco, plátanos fritos y tres grandes cabos de salchichón, de ese que sólo se conseguí en la pulpería. Humm, que bueno y ni hablar de la botella de fresco de limón criollo. Gracias mamita, estuvo delicioso, pienso en voz alta. Pasaditas las doce mediodía, ya mi papá ha enyugado a los pintos al volador, listos para moler. El me dice…vos arrias los bueyes y yo muelo la caña. Y Así nos tardamos casi hasta las 2 de la tarde para sacar el dulce de las grandes cañas de piojota. Mientras molíamos la caña, mi abuelo llegó y encendió la hornilla, así cuando terminamos la última caña sólo tuvimos que esperar un rato para que el caldo hirviera.

Y ahora me toca a mí cortar unas varas de mozote. Traigo las varas y las pongo contra aquella tuca grande y plana. Les doy duro con un mazo de madera y saco las cáscaras rajadas y resbalosas. Las meto en aquel balde viejo y arrugado. Esto esta listo pa! Mi papá lo toma y echa aquel caldo sucio y baboso en el jugo hirviendo. Y en seguida mi abuelo empieza a descachazar el jugo. Mis ojos no le quitan la mirada a mi abuelo porque en el cualquier momento el dirá…quién quiere espumas! Y que espumas! Suaves, calientes, y dulces tan dulces que hoy en día creo no he encontrado algo más rico que me haga olvidar aquellas espumas. Pasadas las espumas y hacía las 3 y media llegó Jeremías. Él y mi papa siempre se han entendido muy bien. El pobre viejo nunca se casó y vive con su hermana, que también se quedó soltera. Jeremías trae unos camotes rojos grandes. Los amarra con un pabilo y los tira en el caldo hirviendo que poco a poco se tornado blanco y ahora se está poniendo rojizo. Al cabo de unos 15 minutos, Jeremías saca los camotes. Calientes, y suaves me da un pedazo…nunca esperaba algo tan rico…humm

Al ser casi las cinco mi papá pone la cubeta vieja llena de agua junto a la paila pequeña donde ahora está todo lo que queda del caldo. Ya el caldo blanco se ha tornado en un líquido viscoso y rojo. Mete la paleta de madera a la paila, saca una muestra, la mete en el agua.. y dice…pruebe este perico…me lo como y no tengo tiempo de decir nada, solo pienso, que ricura!. La siguiente muestra la saca mi papa y después de meterlo al agua, le da duro en el aire con la paleta de madera. El perico se quiebra, mi papá dice…ya es hora de batir la miel! Mi abuelo vuelca la canoa de madera y empieza la miel a caer sobre la canoa. Jeremías toma la paleta grande y empieza a batir la mezcla para darle el punto. Poco a poco la mezcla se va tornando amarilla, seña que el dulce será el mejor que hayamos hecho. Al terminar de vaciar la paila, tomo la tabla que se usa para evitar los regueros y me fajo a hacer un sobado. Le echo unas hojitas de yerbabuena, de esa que hay detrás del trapiche y le doy duro hasta que la miel se corta. Esto sobado le encantará a mi mamá!

Mientras tanto, mi papá y mi abuelo ya llevan la mitad de los moldes llenos. Cuento las tapas….treinta y siete! y aun queda miel en la canoa. Al final salieron 50 tapas que son 25 atados. Mi papa calculó 20 pero bueno, 5 más está bien! Al final mi abuelo se llevó 2 y Jeremías otros 2. Pasaditas las 6 y media y con la obscuridad encima de nosotros empezamos a cargar la carreta con las tapas fresquitas, calentitas. Usamos unos bagazos frescos y hojas de caña para proteger las tapas de dulce. Los bueyes están cansados pero aun tenemos que llegar a casa, dónde todo empezó esta mañana. Son sólo 15 minutos, pero tenemos que ir despacio para no maltratar la preciada carga. Al llegar mi mamá nos espera con una sonrisa de esas que nunca se olvidan. Cómo les fue?, dice mi mamá. Así que con una energía única meto la mano en la carreta y saca la tapa más linda que había. Y le digo a mi mamá…Mira ma, nos salieron 25 atados!